Letanía de brotes, rayos y mutis en ruta a un infierno ibérico
Escrito por Rissig Licha 13 May 2012 | Sobre: Blogs
SANTO DOMINGO—En ocasiones, donde unos líderes políticos hablan de brotes otros ven rayos y, algunos pocos, optan por el silencio—abrigando la vaga esperanza de que sean, sus acciones, las que hablen por ellos. Mientras tanto, el dialéctico discurso público resultante de este pastiche comunicacional, cada día indigna, exaspera, decepciona e irradia centellas en mayores sectores populares que, con sobradas razones, no les creen capaces de sacar a la sociedad de la crisis. Ello pone al relieve y en perspectiva un trabalenguas característico de la más burda torpeza comunicacional de un oficialismo al que no le creen y, como consecuencia, no convence, así develando la inefectividad del liderazgo, ya sea éste de izquierdas o de derechas. Esa es la triste realidad de un entorno político que, en más de un país, ha quedado sin discurso público creíble así desgastando su margen de gobernabilidad. Para comprobarlo, basta con revisar los últimos acontecimientos políticos europeos.
En España pierde la izquierda. En Francia pierde la derecha. Y, en Grecia ganan terreno los extremistas—tanto los de izquierda como los de derecha que, sumados, superan a los demás grupos del contorno político tradicional, con lo que pierden todos. Queda claro que no es cuestión de ideologías. Pueblo tras pueblo que no se siente ni escuchado, ni respetado por sus gobernantes en el manejo de lo público, sale de ellos en busca de una cara nueva. Esa acción es sintomática de un mal que a muchos políticos le cuesta reconocer o aceptar: la fría realidad de que, en efecto, existe una seria desconexión entre la clase gobernante y el pueblo gobernado producto de la grave impericia comunicacional de los primeros.
Esta ineptitud comunicacional es la que contribuye a restarle credibilidad y margen de gobernabilidad a aquéllos que, en el ejercicio del poder, emplean un discurso que resulta incoherente e insuficiente para el pueblo por estar salpicado de tanta broza que aflora a través de necedades, obviedades, tergiversaciones, malversaciones, prevaricaciones, evasiones y, en los casos más extremos, hasta circunspecciones. Más los políticos no lo reconocen aun cuando los pueblos les pasan la factura en elección tras elección. La evidencia de este resquebrajamiento social es obvia. Para muestra hay que echarle un vistazo a España.
El empleo de un falaz o inadecuado discurso público para explicar las acciones de un gobierno con un verso totalmente desconectado de las expectativas del pueblo español fue el que, en efecto, le costó caro al Partido Socialista Obrero Español (PSOE) en las elecciones de noviembre del 2011. La debacle del PSOE comenzó con la negativa de la cúpula socialista en reconocer la magnitud de la crisis—algo que era evidente para todos—e insistir en un discurso que enfatizaba que la crisis “no era tan grave y que España estaba en condiciones de solventarla”. Mientras tanto, el número de parados llegaba a cifras estratosféricas. Con lentitud le costó trabajo aceptar, en el tiempo, lo que la calle sentía en carne y hueso hacía tiempo.
La caída de Irlanda, seguida de Portugal y el desplome de Grecia tras descubrirse cómo había maquillado sus cuentas, no le dejó margen de acción al PSOE. Cuando actúo, lo hizo con gran torpeza comunicacional pues, aun con todo el vecindario ardiendo, subvaloraba públicamente la gravedad del problema y sobrevaloraba los tiempos de la salida de la crisis. Elena Salgado, Ministro de Economía del gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, categóricamente aseguró, el seis de mayo del 2009, aun cuando existía poca evidencia que sustentaran su pronóstico, que “esperemos unas semanas y los veremos”. La referencia era a los brotes verdes de la recuperación económica, un discurso que por meses, tanto ella, como Zapatero y Alfredo Pérez Rubalcaba, su fiel espadachín, siguieron empleando y remachando aun cuando la llegada de los tan esperados brotes verdes no afloraba.
Más de dos años tras haber pronosticado la llegada de la recuperación y luego de tres reformas financieras, una reforma laboral y casi seis millones de parados era claro que los brotes verdes nunca habían brotado. ¿Por qué la insistencia de emplear un verso que, si bien tenía la tonalidad que el oído popular quería escuchar, era poco creíble? La explicación solo puede ser una: ese discurso era producto del optimista espejismo de una cúpula tratando de permanecer en el poder. Más ese discurso fue el que minó el futuro socialista. Esos brotes negros pusieron al descubierto las fallas de una pobre gestión, agravada por la impericia de un proyecto comunicacional, que le valió a la colectividad política su más aparatosa derrota electoral desde la restauración de la democracia tras la muerte de Franco.
Si algo quedo claro de la derrota del PSOE es que aquellos que pierden, pierden porque no han sabido comunicarle, ni efectivamente, ni eficientemente y, definitivamente, sin la transparencia que espera el pueblo, las decisiones que han tomado al mando del Estado. Evidencia, además, cómo, frente a la crisis, no fueron capaces de articular respuestas a las más fundamentales interrogantes que todos acostumbran hacer en situaciones similares: ¿Cuál es la gravedad de la situación?, ¿En que consiste el plan de recuperación?, ¿Qué tiempo va a tomar la operación?, ¿Qué sacrificios personales va a requerir el plan durante su implantación? y ¿Cuándo han de llegar los primeros brotes verdes?
Aunque fue el PSOE el que recibió el castigo del pueblo español este no es un mal que afecta solo a aquellos que pierden. Los que ganan, a veces, tampoco resultan ser tan diestros, tanto en la ruta a la plaza, como una vez se entallan el traje de luces y salen al ruedo para emprender la faena oficial. España no tuvo que esperar mucho para confirmar esa sospecha. Las primeras señales las daba el Partido Popular (PP) desde la oposición en las postrimerías de la era Zapatero. Nunca desde la bancada de enfrente ofreció una propuesta concreta, solo descalificaciones de la gestión oficial. Más o menos, el mantra de la oposición tenía un solo libreto: “Lo que hay no sirve, no funciona. Por ello, es hora de un cambio para sacar a España de la crisis”. En campaña, a este mensaje se le sumó una letanía de propuestas que, sumadas, daban la impresión que la salida crisis era simple y, se lograba solo con el cambio en la cúpula del poder. Algo así como, sale uno y con él se va todo lo malo y llega el otro y España, de la noche a la mañana, se transfiguraba en Shangri-la. A la luz de hoy, era un cuento de hadas que el pueblo, cómplice al fin, quiso creer.
Los primeros discursos tras la puja electoral daban algunas señales de que sí, que en definitiva, el PP de Rajoy, había despertado del sueño y, además, aprendido de los traspiés de Zapatero. A juzgar por el tono de los mismos parecía que, por fin, ya desde el mando se tomaba otra ruta en busca de la recuperación y una relación comunicacional con el pueblo de otra estirpe. Sobrio, sin adelantar más de lo que no podía, Rajoy marcaba un nuevo estilo con un discurso que apuntaba a la necesidad de grandes sacrificios colectivos para el cual se requerían contar con los mejores técnicos al servicio del pueblo “para recobrar la confianza de los mercados”. Y así lo hizo. Atrajo a su gabinete de Gobierno renombrados profesionales, entre éstos, a Luis de Guindos, un economista que había hecho una exitosa carrera en el sector empresarial y colocó a Soraya Sáenz de Santamaría, diestra polemista parlamentaria, a la cabeza del aparato de gobierno. Esa señal quizás pasó desapercibida para muchos pero el mensaje era claro Rajoy se replegaba, “Mientras yo reino, Soraya gobierna”.
Atento a ello, la luna de miel duró poco tiempo. No pasó más de un mes de estar en la Moncloa que Rajoy, a diferencia de Zapatero, pero atento a lo que había sido su trayectoria, asumió la postura comunicacional de un monje de clausura que hace votos de silencio. Prefirió hablar por decreto, que si quizás es el modus operandi más coherente de labios de un ex ministro de Interior, no era el que demandaban ni las circunstancias, ni mucho menos el pueblo español. Si a alguien le tocaba explicar las acciones del gobierno era a Rajoy, no a Soraya y sus ministros. Pero la trama tenía otro guión. Era el comienzo de otra crisis. Los ministros no tardaron en dar inequívocas señales de la existencia de una crasa falta de control o, dicho de otra forma, de la ausencia de un timonel que capitanee la nave en medio de la tempestad y eso lo reflejaban sus discursos públicos.
Cada cual decía lo que le parecía y luego deshacía lo que pocas horas atrás había afirmado. Mientras tanto, Rajoy hacía mutis. No convocaba a la prensa y hasta se les escapaba por la puerta de atrás del Congreso para no dar la cara. Atento a la prédica que adoptaba con fe ciega de que las acciones hablan más que las palabras emitía decretos con cambios estructurales que afectaban todo—desde lo económico hasta lo social. Pero a la hora de las explicaciones, ninguna, para eso estaban otros, en particular los ministros que, en un lenguaje poco claro y demasiado tecnocrático, flaco servicio hacían para aclararle la temática al pueblo. Veamos.
Cristóbal Montoro, Ministro de Hacienda, hacía de las suyas para allegar más recursos a las arcas del Estado, anunciando nuevas imposiciones, independientemente de que, en campaña, nadie nunca habló de mayores impuestos sino de sobriedad en el gasto. Por su parte, De Guindos, fiel a la tradición de su cartera y a la herencia de Salgado, hablaba en cuanto foro en el exterior sobre las exigencias y sacrificios que marcaban la ruta a la recuperación. Un día uno hablaba de cortes, otro, el otro hablaba de alzas. Si no se tenía una tarjeta de anotaciones era imposible seguir la partida. Los ministros hablaban y Rajoy, desde el Monte Olimpo, contemplaba, en silencio, el panorama.
De Guindos, según hablaba, aumentaba su confianza como comunicador y aunque empleó otro vocablo, de sus labios brotó una frase que, hace pocos días atrás, hizo que recordáramos a Salgado al hablar de “rayos de esperanza” al mismo tiempo que se aventuraba a pronosticar el inicio de la recuperación de la economía española para el 2013. Menos de una semana después el gobierno tuvo que intervenir Bankia, la cuarta institución financiera de España, un brote negro que puede empañar, por el efecto contagio, los rayos del esperanzado De Guindos para convertirles en centellas. Y, mientras tanto Rajoy, sigue al margen, operando como un mando a distancia—sin rendir cuentas al Congreso ni enfrentar la prensa para despejar todas las dudas que abundan por toda España.
No obstante, viernes tras viernes, como ha sido costumbre al cierre del Consejo de Ministros, el pueblo recibe su dosis semanal de decreto tras decreto con breves interpretaciones o explicaciones oficiales y ninguna contextualización de parte de Rajoy, así poniendo en riesgo la credibilidad de un gobierno que huérfano de un líder que articule la visión de a dónde, cómo y cuándo vamos parece no tener buen control del manejo de la cosa pública para tranquilizar las inquietudes de una sociedad que ya fue defraudada por aquellos que, desde el poder, le prometían brotes verdes.
El desprendimiento y desentendimiento de Rajoy que en sí es un mensaje y, no del todo bueno, ha provocado que Sáenz de Santamaría haya salido a aclarar que desde que asumió el poder el presidente del gobierno español ha convocado dieciséis ruedas de prensa. Lo que no dijo el factótum del gobierno Rajoy es que estas comparecencias, en su gran mayoría por no decir su totalidad, han sido durante viajes internacionales en las que el mandatario no tiene otra escapatoria que hablar con los periodistas. La salida a la palestra de Sáenz de Santamaría a defender la presencia de Rajoy es, en efecto, una confirmación de que la ausencia se siente y, más importante aun, que el tema ya carga un peso que empieza a socavar la credibilidad del mandatario y, lo que es más grave aun, a comprometer la gobernabilidad.
Es por ello, que los indignados, cuán falange populista antisistema, sin brújula que marque su rumbo, ni líder que señale la ruta, vuelven a tomar las calles de las ciudades. Pero al igual que Zapatero, Rajoy, Santamaría y Rubalcaba tampoco develan sus planes. Por consiguiente, ponen al relieve que el problema de España no es exclusivo a los profesionales de la política. Surge del propio pueblo que tampoco habla claro. En definitiva, las fallas comunicacionales no son propiedad de unos y no de otros, son responsabilidad de todos, de una sociedad que más le vale que cambie su mensaje y la forma y manera de comunicarse aunque, para ello, hace falta de un liderazgo político que exhiba mayor rigor en sus comunicaciones pues, solo así, habrá un paradigma a emular.
Más, lo que no le quedó claro a Zapatero y, parece que tampoco le cuadra a Rajoy, ni mucho menos a Rubalcaba, hoy en la oposición, como a muchos otros en otras latitudes, es cómo manejar eficientemente las comunicaciones, tanto desde el poder como desde la otra bancada. El caso de Rubalcaba merece también mención especial. Ni siquiera su aplastante e humillante derrota ha hecho mella en su discurso. No, tan solo horas tras cargar con el liderazgo absoluto del PSOE y, demostrando con su discurso público una actitud que solo la explicaría un diagnóstico de Alzheimer, habla de la incapacidad del PP para resolver la crisis.
El líder socialista olvida que en poco más de cien días y sin ser agraciado con el gordo de la lotería es imposible solucionar la crisis financiera producto de la dejadez y el abandono de todos los bandos políticos. No tiene empacho, sin embargo, en obviar su mala gestión ni en aplaudir que su ex ministro de Trabajo, que a su salida dejó casi seis millones de parados, marche en contra del paro. Ello demuestra que ni uno, ni el otro ha entiende ni ha sabido explicarle al pueblo, en términos simples, desde el poder como desde la oposición, cuál es el plan de recuperación, qué tiempo va a tomar, qué sacrificios va a exigir y qué país va a resultar tras su puesta en marchar. Esto deja entrever que tanto para los que se fueron como para los que llegaron lo único que les importa es el poder, olvidándose de que al pueblo lo único que quiere es salir de la crisis. Pero no entienden que, además de gobernar, hay que comunicar con eficiencia y eficacia la gestión.
¿Cuesta tanto distinguir entre qué es lo que define un buen gobierno de otro mediocre o, abiertamente, malo y qué rol en esto tienen las comunicaciones? No, pero torpemente se confunden prefiriendo emplear estrategias que, claramente, no funcionan. No basta con hablar de corrido, como Zapatero, ni con callar, como Rajoy, pues si al primero no se le entiende al segundo no se le escucha y, por consiguiente, ninguno de los dos logra comunicarse. Lo que no deducen es que para ser efectivo y eficiente en la gestión pública hay que contar con la habilidad de contextualizar para el pueblo la trascendencia, impacto y sensatez de las posturas que asumen y las decisiones que toman en el ejercicio del poder. En eso el maestro de todos los tiempos lo ha sido el estadista británico Winston Churchill quien, ante las mayores de las adversidades, supo motivar no solo a su pueblo, sino a las democracias occidentales, para salvar las libertades, en particular, aquélla que permite escoger quién habrá de ejercer el poder en representación del pueblo.
Pero la mayoría de nuestros políticos no saben crear una visión, ni mucho menos articularla. Quizás sea un fiel reflejo de un sistema educativo poco innovador, creativo y expresivo el responsable de que los de acá, como el de allá y hasta el otro, el del más allá, tartamudeen, cacareen o permanezcan silentes para, cumulativamente, aportar a su descalificación popular. Aquellos que no observan esa regla resultan ser, en mayor o menor grado, pésimos comunicadores de su gestión—en ocasiones echando a perder una buena labor, en otras agravando la crisis y, en ambos casos, socavando la credibilidad, promoviendo la ingobernabilidad y abriéndole la puerta al caos. Y, ello tiene un costo, no menor, sino pregúntele a Zapatero o Sarkozy y, si no se pone las pilas, dentro de poco, al propio Rajoy, así poniendo a riesgo las libertades de todos los españoles que en su desesperación pueden buscar la ruta griega que pasa por el suicidio colectivo que es el camino más corto al infierno.
